jueves, 1 de julio de 2010

¿Revisión ginecológica o tortura?

No es que quiera hacer una apología a la no revisión médica anual a la que las mujeres deberíamos someternos, pero sirva este relato para ilustrar a aquellos que no tienen idea de lo que se trata y de experiencia para las futuras revisadas. Aunque será por boca de ganso ya que, a pesar de mi edad, jamás fui a una consulta pero de conocidas que sí fueron, realmente tuve que escuchar cada cosa...

Seguramente muchas de ustedes saben de lo que voy a hablar y quizás algunas incluso piensen que una revisión ginecológica completa no es para tanto y que soy una quejosa, y que me estoy quejando al pedo ya que nunca me hice ese chequeo. Bueno, a lo mejor, cuando ya pariste 3 veces o tenés 60 años y llevas 40 yendo al ginecólogo te resulte de lo más normal, pero cuando recién empezás la cosa no es tan natural como te pretenden hacer creer. Ok, las revisiones hay que hacérselas, de arriba a abajo y sin rechistar, bla bla bla, pero natural, cero.

En primer lugar la posición. Si hablamos de la citología estamos hablando de desnudarse de cintura para abajo, sentarse en una camilla con medio culo para afuera y ambos tobillos apoyados en sendos estribos. Una postura muy cómoda en el kamasutra, pero que fuera de ese contexto resulta cuanto menos patética.

Una vez que adoptaste esa posición empezás a contarle tus intimidades sexuales al ginecólogo de turno mientras él se afana con tu vagina. Primero te obsculta con los dedos, después con una especie de cable con una microcámara inspecciona el interior de tu intimidad (que vos también podés ver en la pantalla instalada a tal efecto), y para terminar te mete una jeringuita del tamaño de una banana gigante y extrae una muestra de flujo. La extracción en principio no debería durar más de diez segundos, pero a veces una se pone nerviosa con esa especie de ventosa que parece que te va a chupar hasta los intestinos y hay que empezar de vuelta.

Si no hay que volver a empezar, fenómeno, porque te vestís otra vez (un alivio), contestas a un par de preguntas más sobre tu intimidad sexual y te vas con el turno para la mamografía anotada en la Cartilla. Como una nena buena.

Y como una nena buena vas un par de semanas después al centro médico a hacerte la mamografía, algo de lo que oíste hablar muchas veces, incluso te imaginás, pero jamás te han hecho. Y mientras esperás junto al resto de mujeres de la sala, pensás "no me va a doler, no me va a doler, no me va a doler" y lo repetís unas 396725406736 veces hasta que te llaman.

Una enfermera que te dobla la edad te señala una puerta y te indica que te desnudes de cintura para arriba en ese cuarto, que enseguida estará con vos. Entrás en la misteriosa sala y entonces te encontrás con LA MÁQUINA. La máquina de tortura más perfectamente camuflada.

Estoy segura de que algún gracioso rescató esta máquina de algún museo de los horrores de la Edad Media y el que diga lo contrario es que jamás la ha tenido enfrente y mucho menos se ha sometido a ella, si de sólo verla da esa impresión. Porque si, señoras y señores, la mamografía es una tortura. No entiendo cómo no se inventó ya otro aparato para hacer radiografías de mama que no sea ese rudimentario potro de dolor. ¡Por favor, estamos en el siglo XXI! Cómo puede haber perros robot que hablan y chip espías para pinchar teléfonos y no exista un aparato que radiografíe la mama sin tener que someterla a tal pesadilla.

Algunas al someterse a ella, casi pierden el conocimiento y les baja la tensión hasta niveles que nunca antes, y encima la enfermera, les dice que no es para tanto y que dejen de quejarse porque sino van a tardar el doble. Así que una tiene que soportar que la metan todo tipo de cosas por la vagina, que le hagan preguntas estúpidas sobre intimidades que no sabe ni su novio/marido/amante/chongo/amiguito/noséquésomos y que la aplasten los pechos hasta casi ponerlos del revés, y encima no puede decir ni mú porque se tarda el doble.

Sinceramente chicas, sé que las revisiones son importantes, aunque paradójicamente jamás me hice una a pesar de tener 26 años, y si tenemos en cuenta que no creo que tenga hijos (se necesita con quién, viteh?) y que tengo menos vida sexual que una monja de clausura, jajaja, la voy a seguir pateando indefinidamente, creo que ya de por sí con la tensión que te produce el saber que tenés que ir ya te sale lo que no tenés, además de algo nos tenemos que morir ¿no? Por otro lado es gracioso, porque podés estar incubando cualquier tipo de cáncer en cualquier parte de tu cuerpo y no enterarte hasta que es demasiado tarde salvo de tus partes íntimas de las que llevas un rigurosísimo control, jajaja.

El tema es que las animo a que en vuestra próxima revisión se quejen todo lo que puedan y más, porque es la única forma de sobrellevar el maldito san benito que nos cayó, y encima soportar que algún boludo siga pensando que somos el sexo débil. Dejate de joder!